El hombre no podrá llegar a saber qué es eso que está vedado ni podrá meditar sobre ello mientras se empeñe en seguir moviéndose dentro de la mera negación de su época. Esa huida a la tradición, entremezclada de humildad y prepotencia, no es capaz de nada por sí misma y se limita a ser una manera de cerrar los ojos y cegarse frente al momento histórico. Heidegger
Muchos colegas y apasionados por la disciplina han empeñado, durante años, sus mejores esfuerzos por difundir la Astrología en un entorno esencialmente hostil y refractario por la hegemonía de una visión sustentada por el materialismo, el positivismo y el naturalismo. En nuestra era postmoderna, en la que el relativismo y la deconstrución de todos las ideas, nos ha dejado en una fase de un pensamiento débil y políticamente correcto, la Astrología no existe y la que apenas sobrevive lo hace encerrada en cotos de marginación y por si fuera poco a merced de y contaminada por los peores males de la época.
Situación actual: Astrología y nihilismo
La astrología se enmarca una cosmovisión históricamente caduca. Hoy, ya no miramos al cielo sino es para calcular distancias, analizar composiciones físico-químicas y teorizar sobre los explosivos inicios del universo. Los astros dejaron de ser nuestros compañeros celestes que en su errancia reflejaban los avatares del destino humano. Algunas personas conoce su horóscopo como un pasatiempo sin mayor trascendencia, y si es más serio, se va a consultar al astrólogo a escondidas muchas veces, y siempre como una opción muy personal de algunas o muchas personas, pero esa no es la cuestión. Uno, a nivel de opción personal, puede ir al astrólogo, al tarotista, al psicólogo, al curandero o a Lourdes. Esto son elecciones personales, insisto, todas igualmente válidas.
La cuestión está a nivel cultural e histórico, y este es un nivel impersonal es decir independiente de los gustos o disgustos de las personas, de sus opiniones y creencias. Cuando publiqué mi libro, en el 1987, por cierto época de revival de la astrología, un amigo mío, profesor de universidad me confesó que todos sus compañeros en la facultad de psicología habían leído el libro, a muchos les gustó pero nadie hizo nada a nivel institucional para promoverlo. Ocurre lo mismo, con muchos otros de los productos culturales del New Age y/o la espiritualidad moderna. Uno va a un curso de chamanismo, o meditación budista el fin de semana, otro se va al campo a convivir y amar a los árboles y a realizar rituales celtas, pero regresa el domingo para estar el lunes a las 7 de la mañana en la oficina y comportarse como un perfecto occidental el resto de los 5 días laborales. Y eso es lo que cuenta. Hemos convertido el tema espiritual, incluyendo la astrología, en una experiencia de consumo más, en el supermercado espiritual contemporáneo.
Uno practica el zen, otro se siente alquimista y un tercero astrólogo y se pretende vivir como tal, pero la lógica y la actitud que nos mueve es la de hoy, época de tecnología, economía y consumismo. Los dioses, los espíritus de la naturaleza y los astros no cuentan para nada, más allá de la elección personal o el estilo de vida de algunos. No cuentan institucionalmente, no cuenta en los recursos investigadores de occidente, ni en el esfuerzo pedagógico de educar a las nuevas generaciones.
La pasión del pensamiento occidental está en otra parte, un espíritu secular que sólo admite verdades propias del positivismo científico y de la lógica económica. Es el signo de los tiempos, y a los que no nos gusta tal estado de cosas siempre nos queda elegir personalmente vivir como un astrólogo medieval o un chamán precolombino pero con ello estamos dando la espalda a la situación histórica que vivimos y los graves problemas que plantea. El hecho evidente es que desde el triunfo hegemónico de la Ilustración y la modernidad, la Astrología desapareció de la mente occidental, de sus instituciones, de sus preocupaciones e intereses.
Socialmente, a los que a ella nos dedicamos, vivimos una marginación casi total. No se nos tiene en cuenta para nada a la hora de intentar buscar soluciones a los problemas de la época. Los medios de comunicación nos quieren como pasatiempo, entretenimiento o curiosidades más o menos anacrónicas, las universidades y las corporaciones, salvo rarísimas excepciones que no hacen más que confirmar la regla, dedican sus recursos a otros campos y enfoques del conocimiento.
Creemos que mediante la elección personal de volverse budista o astrólogo, fruto de la insatisfacción de cómo están las cosas en nuestra sufrida modernidad, luchamos contra los males de la época, pero cabe la sospecha inquietante de que actuando así e inadvertidamente, estamos reproduciendo la actitud nihilista contra la que supuestamente luchamos. Una actitud que supone casi siempre, un dar la espalda a la tarea de pensar que pasa lo que pasa por algo y sobretodo para algo. Crisis ecológicas, de valores, económicas, etc, es decir los males de la época requieren un ser asumidos, afrontados y pensados, como algo necesario que requiere ser entendido y no juicios negativos y búsqueda compensatoria de "soluciones" mirando nostálgicamente atrás, para intentar revivir un mundo (animismo, renacentismo, edad media, etc.) que por algo murió.
Es decir que la Astrología sigue siendo válida como opción personal (yo mismo le he dedicado además de un libro, más de 20 años de mi vida), una opción que a las personas que nos dedicamos puede ser enriquecedora y dotar de significado a nuestra existencia, pero que culturalmente está obsoleta, a pesar de las verdades que contiene. Si frente a ello reaccionamos con optimismo o pesimismo, es ya un tema de temperamento o estado de ánimo personal, que ni quita ni pone nada a la situación impersonal. Y puestos a hablar de estados de ánimo personales, he de confesar, ahora sí que soy muy pesimista, en relación a la estimación del tiempo que tomará el que los astrólogos serios, seamos una especie extinta, quedamos muy poquitos y somos ya viejitos y muy poca sangre fresca entra a engrosar nuestras filas, cada vez se publican menos libros de astrología, y ésta como disciplina atrae a muy pocas mentes inteligentes, más bien suele atraer a personas problemáticas, de escasa cultura, que buscan en ella una salida imaginaria a sus problemas y delirios.... !ay! como me gustaría estar equivocado.
Lo impersonal del asunto es que mal que nos pese la Astrología pertenece al espíritu de otra época, a un Zeitgeist que ha sido históricamente dejado atrás, como lo ha sido el animismo (cosmovisión de la que la Astrología es tributaria), el platonismo, el neoplatonismo, el crisitianismo (entendido como doctrina) e incluso la misma metafísica, enterrada por el positivismo científico y por el postmodernismo cultural. Cada época el espíritu investigador, el afán por descubrir la verdad, centra su interés en determinadas áreas de lo real y en maneras específicas de conocerla (surgimiento y predominio de los paradigmas, en el sentido de Khun). En otras palabras, cada época tiene su pasión, si en la Edad Media era el cristianismo hoy es la ciencia. La pasión del espíritu occidental está en la ciencia y en la tecnología no en un cosmos ordenado dotado de sentido tal y cual proclama nuestra disciplina. Es decir que subjetivamente puede ser válida para algunos pero culturalmente está trascendida.
Hoy no habitamos un cosmos geocéntrico, más bien estamos perdidos en un universo impensablemente vasto con estructuras y dimensiones jamás antes imaginadas. Hoy a nadie le preocupa la posición de Marte, ni nadie teme que se le despierte la cólera, aunque la guerra sigue existiendo. hoy el único dios real y psicológicamnete vivo es la Economía, el dinero, a éste si que le dedicamos (le sacrificamos) nuestra energía vital.
La popularización de la psicología junguiana, supuso un breve revival del paganimo y el culto a los dioses, sobretodo en el mundo New Age, pero como bien afirma Giegerich, seguir a los dioses, hablar de ellos en la actualidad acaba resultando una impostura, pues los dioses estaban vivos, culturalmente hablando en otra época, aquella en que una persona entregaba a su mejor toro como sacrificio. Mal que nos pese muchos de nosotros tenemos una actitud de nostalgia cultural que nos hace sentir y buscar en el pasado los tesoros de aquellas épocas, pero bajo la sospecha y mal que me pese a mí que tras esta actitud romántico-nostálgica que nos embarga a los adoradores de los saberes del pasado, se esconde un problema más grave: el nihilismo.
Una actiud, mejor una enfermedad de occidente (Nietschze dixit) que se manifiesta en la negativa a conferir valor a lo que hay, a lo que está presente y que tiene dos consecuencias, la más extendida, que dice que como nada vale, todo vale, a vivir la buena vida y después de mí el diluvio y la que reacciona al nihilismo imperante con otro tipo de nihilismo. El nihilista del segundo tipo, ve lo que hay concluye que está mal y busca en otro lugar el remedio, sea la tradición del pasado, sea en una moral o valores trascendentes. La cuestión es que todos niegan valor a lo que hay (lo que hay es nada: nihil), y hoy lo que hay es ciencia, la tecnología, el calentamiento global, la destrucción de la naturaleza, etc. Y, superada la actitud nihilista cabe la sospecha de que lo que hay tiene mucho valor, es un momento y proceso histórico necesario y valioso, aunque doloroso y aunque pueda llevar a la destrucción de un sistema de vida, de un mundo o de la humanidad, en el peor de los casos. No se trata de luchar contra los síntomas, se trata de escucharlos y descubrir adónde nos quieren conducir.
El único dios, Don Dinero, el único Norte, la rampiña, la única esperanza que la ciencia nos convierta en máquinas eternas, intercambiables y felices en base a las drogas de diseño infinitesimal. Pero hemos de pensar en este estado de cosas. Como pensadores no caben la huida nostálgica, ni la fantasía de un mundo mejor, sólo afrontar el vacío y la nada, sólo contemplar la destrucción, un paso adelante, en pos de la idea profunda, de la interpretación adecuada.
Críticas al pensamiento astrológico
Además de las ya implícitas en lo expuesto hasta ahora cabe reflexionar sobre las que nos llueven de otros campos, expongo aquí las vertidas por Enrique Eskenazi:
“Esto es usual en el pensamiento llamado esotérico (y que abarca a la astrología), donde una fórmula o un esquema (digamos, el cuaternario de los elementos, o la variación sobre los doce signos y las doce casas) es aplicado inclementemente a cualquier tema,
Por ello su resultado no es sino una continua repetición, una suerte de monotonía en la que, se trate el tema que se trate, siempre se dice lo mismo, y esto mismo permanece abstracto, inerte (sin “alma”), una fórmula que queda así vaciada de vida, siempre igual a sí misma, en una identidad desprovista de contenido en movimiento: lo mismo del comienzo es lo mismo del final sin desarrollo, mediación, transformación concreta . Aunque se hable de dinamismo, la forma permanece fija, y se trata así de una dinámica polos estáticos.
En esta repetición de la misma fórmula el contenido concreto de cada situación se evapora, no por haberse dinamizado hasta mostrar su propia vida lógica, sino por haberse "congelado" para ser sólo un ejemplo más... de lo mismo. Así, cada circunstancia, cada “caso”, es sólo una ilustración de la misma máxima, del mismo principio, de la misma fórmula. Se trabaja con casos que “ilustran”, “ejemplifican” siempre el mismo proceder estático. -ésto es el campo de concentración (actualmente sublimado) de un pensamiento en términos de control, según la aguda descripción de Giegerich”
“No voy a argumentar aquí acerca de la “correspondencia” -a muchos les gusta hablar de sincronicidad, sin siquiera sospechar lo que el uso de esta palabra aparentemente inocua implica entre las configuraciones planetarias y los acontecimientos históricos. Siempre es posible encontrar a posteriori correspondencias “significativas” entre datos ya conocidos. No más que las “correspondencias” entre el número de asientos del avión que primeramente se estrelló contra las Torres Gemelas, el número de teléfono de alguna de sus víctimas, la fecha de nacimiento de algún político destacado y finalmente la fecha del temible atentado. En cambio tales "correspondencias" son imposibles de hallar antes de los hechos mismos, por la sencilla razón de que son buscadas intencionadamente cuando ya se tiene noticia de ellos. Y por supuesto, siempre puede uno ingeniarse para hallar coincidencias entre dos hechos cualesquiera, una vez producidos, a partir de recursos tan arbitrarios como reducir letras a números, jugar con las fechas, las cifras, los nombres, y demás. Las correspondencias que Tarnas destaca entre acontecimientos históricos y configuraciones planetarias no son tan banales, pero pecan de la misma arbitrariedad: la selección de aquellos fenómenos que puedan sostener una hipótesis, de tal manera que la “prueba” resulta viciada por la parcialidad del enfoque histórico. Más que pruebas son trucos.”
Tener que creer
Una vez un viejo chamán dijo, en la vida hay momentos en que simplemente tienes que creer. En mi caso, como imagino que en el de muchos, ha llegado este momento. Contamos solo con interpretaciones de textos antiguos, con profecías de indemostrada eficacia y cuestionable origen pero esta vez sí, elijo adherirme a lo que muchas de ellas vaticinan, el 2012, como umbral, punto de transición en que la emergencia de un nuevo paradigma se hará posible.
Alrededor de ello hay mucho revuelo, sobretodo en las filas del New Age, lo que aumenta las dudas y reticencias de muchos, entre ellos un servidor, pues si se hubiera de dar crédito a todos los rumores, anunciaciones, profecías, etc. que han circulado, referentes al apocalipsis, el fin del mundo, etc. En mi corta vida ya he pasado por varias supuestas fases de destrucción y cambio de eras. A pesar de ello, esta vez contamos con varios elementos pues más allá de la enunciación de profecías, los mayas, al menos, se molestaron en investigar y descubrir un fundamento cósmico y astronómico a las suyas, por lo que, abrieron un ámbito de especulación y vivencia más allá del simple ¨créeme por que tengo gran intuición, o porque me lo han dicho los extraterrestres o la Virgen, o porque lo he soñado, etc.”
Este nuevo paradigma que se pretende holístico y superador de prejuicios, no puede ignorar el hecho astrológico, esta es mi premisa principal. Una premisa que se apoya inevitablemente en otra. Es vitalmente necesaria una refundación del pensamiento astrológico. No podemos seguir hablando de influencias planetarias frente a una ciencia que exige frente a cualquier pretensión de establecer relaciones causales un sometimiento del hecho observado al rigor del control de sus variables, por lo que de antemano estamos condenados a la incomprensión pues la astrología es una criatura nacida en otra época, aquella en que el pensamiento causal no era hegemónico, en la que los humanos no veían en los astros causas ni influencias sino señales, los rostros de los dioses y los rastros de un mensaje divino. Tampoco podemos presumir de que la astrología es una ciencia predictiva puesto que salta a la vista que sus métodos distan de ser capaces de funcionar con objetividad tal y como hoy la sensibilidad contemporánea exige.
Hemos de dar respuesta tanto a las burdas críticas del positivismo como a las más lúcidas que provienen de otros campos, hemos de despojar al discurso astrológico de toda esta capa opaca de doctrinas espirituales, creencias, revelaciones esotéricas y psicologías pop pues todo ello actúa como un dique al pensamiento astrológico, o como unos cuerpos extraños recogidos de todas partes que se añaden a la astrología como injertos contranatura.
La astrología es el discurso de los astros se relaciona con un logos cósmico, no con el discurso de los humanos que se acercan a ellos cargados de presuposiciones, agendas, ideologías y creencias. Si desnudamos a la astrología de esta capa de cuerpos añadidos ¿qué nos queda? el hecho astrológico, ese vínculo de naturaleza indefinible pero que de acuerdo al logos astrológico es portador de un mensaje, un discurso que no es humano sino que es de los astros, del cosmos. ¿Cómo encaramos este hecho esencial en una época virtual y metafísicamente desnuda, en la que los dioses se transformaron en meros símbolos? A partir de esta cuestión y depende del posicionamiento que adoptemos frente a ella vendrá un largo camino. ¿Qué tienen que decir los astros (no los humanos) acerca de los problemas de la época, de las realidades objetivas que conforman nuestro destino histórico además del panorama existencial. ¿Cómo podremos formular este discurso, este logos de los astros en un lenguaje que encaje con el oído contemporáneo? ¿Cómo podemos adoptar una metodología que consiga atender a este discurso pero sin violentar las exigencias de los sofisticados recursos cognitivos actuales? ¿Podemos confrontar las diversas escuelas, teorías y métodos astrológicos en términos de cuestionar el valor de verdad que cada uno contiene?
Son muchas las preguntas y muy pocas las respuestas. Por parte de los profesionales llevamos muchos años anclados en las capillitas personales o en grupos de afines incapaces de establecer un debate a fondo, radical ese que lleva a replantearse la misma noción de astrología. Si dejamos de hablar de influencias planetarias, sincronicidades y mitologías cuya retórica puede ser útil tanto como lo es la experiencia poética, como herramienta de reflexión personal pero desde un paradigma que las convierte en meras alegorías de uso personal en una época en la que culturalmente estamos ubicados en otra dimensión, una estructura de consciencia en plena evolución.




