Dirección: Clint Eastwood, 2008.
Guión: Nick Schenk
Con: Clint Eastwood, Christopher Carley, Bee Vang

Más allá de los índices de audiencia y de ventas, hay películas que manifiestan otra señales de su calidad, quizás menos mensurables económicamente pero autoevidentes para aquel que las presencia.

Una de ellas es la reacción del público en el instante final de la proyección. Nadie se movió de su butaca. Después de la última escena, cuando aparecen los títulos y los créditos, ese momento que es aprovechado para desperezarse, empezarse a mover, levantarse y salir del recinto quedó en suspenso. Prácticamente la totalidad del público, clavados en su asiento, asistió mudo y como absorto a la larga retahíla de nombres mientras la voz cascada y granada de Clint Eastwood cantaba una vieja canción americana. No era sólo el atractivo de la canción ni siquiera la curiosidad de oir, por primera vez, cantar al viejo actor y director. Era la fuerza de la emoción puesta en juego por la formidable fuerza narrativa del argumento.

Un viejo renegado, Walt Kowalski, racista, malhumorado, un lobo solitario con el alma en pena por los crímenes cometidos en la guerra de Corea, crímenes legales pero que se convierten en tortura cotidiana de los que justificadamente o no los cometieron, es el protagonista de una historia de la américa de hoy, en el que el  crisol de razas y culturas aún sigue siendo fuente de episodios de odio, violencia y, como no, de heroísmo y redención.

Estamos acostumbrados a las historias heroicas, aquellas en las que acaba triunfando el bien sobre el mal, ésta es una de ellas pero atención, en esta batalla se ponen en juego muchos matices, aquellos que diferencian una película del montón de una gran película, como las que nos tiene acostumbrado Eastwood.

Cambio de valores o su desaparición, familias que han roto el pacto de solidaridad intergeneracional, viejos que prefieren vivir solos antes que soportar la estupidez egoísta de sus hijos y nietos, un proceso  ¿evolutivo, degenerativo? que permea nuestra cultura occidental con el complemento y contrapunto del drama de los inmigrantes que procedentes de culturas foráneas y tradicionales, se ven sometidos, en su proceso de adaptación a occidente, a sus efectos devastadores. Pandillas, gangs, drogas, violencia callejera, inadaptación y abismos interculturales que conviven en una ciudad pequeña del mediooeste americano. Como en todo abismo, siempre existe la posibilidad de construir puentes de comunicación. El viejo lo consigue, a pesar de su desprecio racista y su rigidez cimentada en una juventud sin redención por los horrores de la guerra. Bello tema, cautiva al corazón vislumbrar como la conciencia de ser, como la fuerza del amor o la solidaridad devienen los ladrillos de soporte del puente. Y como clímax, el supremo acto, aquel que redime al héroe y permite la restauración del orden perdido, la oscuridad vencida.

Interesante reflexión la que nos propone Eastwood acerca de la vida y la muerte y no sólo a través de los lúcidos pero amargos diálogos que mantiene el protagonista con un bisoño cura párroco que quiere reconducirle al rebaño, sino a través de lo que realmente importa, un acto audaz, desprendido que no cuento para incitar a los lectores a que la vean. Les prometo un premio, el corazón embargado por la luminosa posibilidad de que aún en el más sombrío de los atardeceres, cuando la noche amenaza omnipotente, es posible un último y magnífico rayo de luz que puede dar brillo y conferir significado a un destino entero.

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Armando Rey ® 2009