
Dir. Yojiro Takita.
Oscar 2009, mejor película extranjera, 10 premios de la Academia de cine de Japón.
Un bello canto a la vida en una película en que la muerte está omnipresente. En Occidente que hemos perdido las grandes narrativas sobre la muerte y quizás por ello andamos tan neuróticos, esta obra nos coloca a veces con sutil y cómica ironía y otras de un modo despiadado, frente al significado de la muerte que aquí vemos que está íntimamente entrelazado con el de la vida.
La muerte como la gran curandera y la gran comunicadora, que expresa y cristaliza mensajes que se vuelven eternos y no sólo por el soporte que los contiene. ¿Saben?, antes de que el humano se entregara a los grafismos, se utilizaban piedras para comunicar y expresar los más hondos sentimientos.
En el film, el protagonista, un chelista, al quebrar su orquesta, se ve abocado a una búsqueda de trabajo que a la vez y aunque él no lo sepa, es una búsqueda de la auténtica vocación, y en última instancia una necesidad de reconciliación con el padre, esa figura arquetípica, que más allá de los avatares del padre personal es la que simboliza y marca el camino vocacional. Acaba siendo amortajador, lo que le lleva a una crisis de pareja y social, sus amigos le abandonan, por tener un trabajo “sucio”, pero precisamente este abandono, es el umbral tras el que se le revela su destino. Aprende a despedir a los muertos en un exquisito ritual que reproduce con esplendor la belleza del difunto y permite a sus seres queridos una catarsis terapéutica y espiritual intensas y emocionantes como pocas. No se la pierdan, una obra de arte que hace que uno salga del cine transfigurado, imbuido de amor a la vida y a todos los que le rodean.
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Armando Rey © 2009




